Mientras muchos runners llegaban a los 21K Yerba Buena después de dormir en hoteles, viajar en auto o recorrer apenas unos pocos kilómetros desde sus casas, Marcela Manzaras y Walter Copa estaban terminando una travesía completamente distinta. Para ellos, la carrera no había empezado en la línea de largada, ni tampoco cuando sonó el reloj el domingo por la mañana. Había comenzado varios días antes, en Cachi, Salta, arriba de una moto, entre rifas organizadas para juntar dinero, cuentas imposibles de pagar y una decisión que parecía una locura, pero que terminó transformándose en una de las historias más emotivas de toda la competencia.

Todo empezó cuando la pareja comenzó a buscar la manera de viajar hasta Tucumán para participar de la carrera. Marcela tenía claro que quería correr sí o sí los 10 kilómetros en Yerba Buena, pero el problema apareció rápidamente cuando empezaron a sacar cuentas. Los pasajes en colectivo eran demasiado caros para los dos y el dinero simplemente no alcanzaba. Intentaron vender rifas para juntar algo de plata, aunque tampoco fue suficiente. “No terminábamos de cubrir todos los gastos y se hacía imposible”, recordó Marcela después de la carrera. Fue entonces cuando Walter apareció con una idea inesperada. “Me dijo: ‘¿Y si vamos en moto?’”, contó ella todavía sorprendida por la decisión que tomaron.

CONTENTA. Marcela Manzaras (a la derecha) posa feliz tras haber finalizado tercera en los 10k de Yerba Buena. Foto de Osvaldo Ripoll/LA GACETA.

La travesía arrancó el jueves, cuando salieron desde Cachi rumbo a Cafayate para descansar unas horas y continuar el viaje al día siguiente. El viernes, cerca del mediodía, volvieron a subir a la moto y comenzaron el tramo más largo hacia Tucumán. Fueron más de diez horas de ruta atravesando paisajes de montaña, caminos extensos y temperaturas que fueron cambiando a medida que avanzaban. Llegaron recién cerca de las nueve de la noche, completamente agotados, pero felices por haber cumplido el primer gran objetivo: llegar.

“Paramos varias veces para descansar y estirar las piernas porque el cuerpo ya no daba más”, contó Marcela. Sin embargo, el cansancio nunca logró tapar la emoción del viaje. En el medio aparecieron animales al costado de la ruta, paisajes que parecían sacados de una postal y caminos prácticamente vacíos. “La mayor parte de la ruta estaba muy tranquila y eso nos ayudó mucho”, recordó. El tramo más complicado apareció en Tafí del Valle, donde el cuerpo empezó a sentir realmente el desgaste de tantas horas arriba de la moto. Pero aun así siguieron adelante.

Walter fue quien manejó durante toda la travesía. Antes de salir revisó completamente la moto, controló el estado del camino y hasta siguió el clima para evitar riesgos innecesarios. “Yo me sentía seguro y ella también”, explicó. Aunque reconoce que existía miedo por momentos, sobre todo pensando en los kilómetros que tenían por delante, había algo mucho más fuerte empujándolos a seguir. “El running logra estas cosas”, dijo. “Hace que uno supere obstáculos y se anime”.

La historia de ambos con el atletismo también nació desde el esfuerzo. Marcela corre desde hace años, aunque hace tres decidió dedicarse de lleno a entrenar junto a su profesor Darío Núñez. Vive y se entrena en Cachi, uno de los lugares más elegidos por atletas de elite por la altura y las condiciones naturales que ofrece para el entrenamiento aeróbico. “Desde que empecé a entrenar en serio mejoré muchísimo”, aseguró. Y esa mejora volvió a verse este domingo en Yerba Buena, donde terminó tercera en la clasificación general femenina de los 10 kilómetros con un tiempo de 39 minutos y 26 segundos.

Una medalla que vale mucho más que un podio

“Hoy me fue de diez”, dijo emocionada apenas terminó la carrera. Y no era solamente por el resultado. Detrás de esa medalla había horas interminables de viaje, cansancio acumulado, esfuerzo económico y una enorme apuesta personal que finalmente había valido la pena.

Durante su estadía en Tucumán también apareció otra historia inesperada. Ariel Moreno, un tucumano que habían conocido tiempo atrás tomando mate en una plaza de Cachi, les abrió las puertas de su casa para hospedarlos cuando supo que venían a correr la carrera. “Estamos muy agradecidos con él porque nos recibió sin dudar”, contó Marcela.

Walter, mientras tanto, escucha cada respuesta en silencio y sonríe orgulloso. Aunque no compite profesionalmente, acompaña todos los entrenamientos, los viajes y la preparación de Marcela. “Siempre estamos buscando bajar tiempos y seguir creciendo”, cerraron.